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Sólo para mujeres…

En diversos medios he leído que es injusto y discriminatorio separar a los hombres de las mujeres en el trasporte público.

Debido a la escasa movilidad que hoy existe en la Ciudad de México opté viajar un largo tramo en Metrobús. Cuarenta estaciones; tiempo que aprovecharía para leer y escribir. Recorrería casi los 28.5 kilómetros de la Avenida Insurgentes, la más larga que hay en la ciudad y una de las más largas del mundo.

Hombres de la tercera edad, pueden ingresar en el vagón exclusivo para mujeres. Abordo el camión y no encuentro lugar para sentarme. El conductor arranca y frena con rudeza. Difícil mantener el equilibrio. Se abren las puertas y entra un señor de edad avanzada con bastón. Le calculé unos ochenta años. Tiene un fuerte golpe en ojo derecho. Los tonos negros se habían desvanecido un poco, ahora son púrpuras a punto de convertirse en rosa. ¿Cómo habrá subido aquellos infames peldaños que hay para llegar a la estación?

Siempre observo a la gente, imagino sus vidas… ¿A dónde irán? ¿De dónde vienen? ¿En qué trabajan? Historias varias construyo en mi mente. La sonrisa que algunas personas me regalan al encontrar su mirada con la mía me alegra. Otras muestran semblante adusto; ¿qué les preocupa? ¿qué vida tienen? En otras mujeres percibo ojos tristes, con la mirada perdida en la nada; otras duermen vencidas por el cansacio de las largas jornadas de trabajo, abrazando apenas sus pertenencias.

El metrobús arranca violento y ambos perdemos el equilibrio. Lo tomo de uno de sus brazos. Él, sonriendo emite unas palabras que no alcanzo a escuchar. Me acerco y riendo me dice: “Si nos caemos, al menos lo haremos juntos”. Sonrió. Observo el golpe que deforma su ojo más de cerca. Seguramente se cayó…

Como pudo, me toma del brazo y repite la misma frase, solo que ahora de manera obscena. “Sí caemos juntos, tú abajo de mí”. Sus escasos dientes mostraban una risa cínica, burlona, hasta divertida.

No contesté. Una mujer le cedió el asiento desde el cual me gritaba preguntándome que hacia a dónde iba.

“¿A dónde vas? ¿Eh? ¿También a Buenavista? ¡Sí, nos caemos juntos y tú abajo! Sus manos viejas hacían señas y movimientos libidninosos, obscenos…

No reaccioné. No contesté. Me quedé petrificada…

No dejaba de verme. Su lasciva mirada me despojaban de todo. Sentía miedo, me invadió la indignación.

¿Qué en esta vida, ya no puedes ser amable? ¿Cuándo iba a imaginar que un anciano me faltaría al respeto?

Violó mi derecho a sentirme segura viajando en transporte público, derrumbó con esa risa y esa mirada perversa y enferma, mi libertad.

Seguramente por eso tenía golpeado el viejo y surcado rostro….

Es hora de patear El Avispero…

El destino, no existe…

El futuro hay que labrarlo y se hace a través de las decisiones que tomamos. Los mexicanos hemos tomado la tremenda decisión de vivir sometidos ante un régimen corrupto y abusivo. Hemos perdido la conciencia de nuestra situación porque la gran mayoría no tiene ni siquiera tiempo de pensar en nada, millones de mexicanos trabajamos más de doce horas diarias para poder tener lo mínimo indispensable…

Exijamos lo que merecemos, vivir en un país en el que se cumplan las leyes.