Categoría: Nacional

Sin ti…

 

Daría cualquier cosa por retroceder el tiempo para poder sentir tus caricias y deleitar mi oído con tu risa que para mí era una melodía. Llevo años luchando para no olvidarla, quiero que resuene con la misma intensidad de antaño, pero el tiempo cruel se la está llevando consigo, cada vez es más tenue y lejana…

A pesar de los años, mi traicionera mente aún te ve parado ahí contemplando orgulloso el verde campo…

La tierra también siente tu ausencia, añora tus pasos; estoy seguro de que ahora los das igual de firmes allá en el cielo, en donde aunque me niego a aceptarlo debes estar…

Tu madre y yo aramos, sembramos ésta tu tierra ocultándole nuestra tristeza pero ella percibe sensible como es, nuestros intensos e internos lamentos; la entristecemos regándola sin querer, con nuestras incontenibles e inevitables lágrimas. La desdicha que exhalamos mata cualquier brote, no hay uno siquiera. Extraña esas semillas tibias que esparcías con tus cálidas y amables manos y que solo en ellas eran fértiles. La ausencia de tus pasos ha secado nuestra tierra. La ha matado también.

Nada que celebrar desde tu desaparición. Contigo se fue nuestra alegría, se fueron adheridos a ti las ganas de vivir de tu madre y yo. En ti vertimos todo: ilusiones, esperanza, felicidad y al irte, nos quedamos vacíos, solo sobrevivimos, sin una vida ya.

La pobreza ha sido nuestro verdugo. El gobierno ha sido sordo a nuestras infinitas y dolientes súplicas. A nadie de ellos conmueve nuestras indigentes lágrimas. Tienen corazones de hierro, impenetrables, fríos, oxidados.

Hoy, para nosotros es un día obligado más. Un año que como los anteriores será eterno, carente de bienestar, de cualquier dosis de felicidad. Dios no ha escuchado nuestras súplicas, le hemos rogado para que nos guíe por el mismo camino tortuoso por el que de manera injusta aquellos desalmados te obligaron a seguir; no importa que nos golpeen, que nos injurien y torturen, con tal de que tu mamá y yo lleguemos hasta donde tú, hijo mío estás.

Te arrancaron de esta tierra como si mala hierba fueras… ignorando con desprecio tu futuro prometedor. Tu vida fue truncada, con saña y frialdad. Tus sueños fueron aniquilados sin piedad, sin remordimiento. Pocos saben el esfuerzo que hacías para cultivar nuestras tierras y estudiar. Nadie sabe de nuestros sencillos sueños. A nadie le importa…

La última vez que te vi cruzar el umbral de nuestra puerta fue hace cinco años. Desde entonces te buscamos por todos los resquicios… el gobierno indiferente y cruel nos ha ignorado y engañado muchas veces, estos desgraciados suponen que como somos pobres, también carecemos de sentimientos y corazón.

He imaginado todo tipo de atrocidades; aún no sé qué hicieron contigo hijo, qué hicieron de ti. Pero te seguiré buscando, no importa el día, la hora, iré por ti, te encontraré, si es que la traicionera muerte no me alcanza antes…

Terror bajo la piel…

 

La miseria nos llevó ahí, a esa lejana colonia, perdida y solitaria. Mamá, vivías con disimulo el pánico que se apoderaba de ti cuando te bajabas del transporte y tenías que caminar esas escasas cuadras para llegar a nuestra casa. Cuando no estabas las horas pasaban con extrema lentitud, vivía la vida como en cámara lenta. Necesitabas tres horas de tu tiempo para llegar de tu trabajo. Al abrir la puerta tu cara reflejaba un extremo cansancio, pero al verme, tus labios dibujaban una tierna sonrisa. Siempre te esperaba ansiosa…

Estabas preocupada porque la delincuencia reinaba en el municipio y los policías lejos de proteger, eran cómplices. Recuerdo que cuando caminábamos por las destrozadas aceras, me tomabas fuertemente de la mano, sorteando hoyos llenos de agua nauseabunda, reíamos a la vez que acelerábamos el paso para meternos en la casa. Desde que mi papá se fue, el espacio en el que vivíamos se convirtió en un verdadero hogar. Las palizas que te daba a diario me daban pánico, no había donde esconderme, me tapaba fuertemente los oídos para no escuchar los golpes. Era yo tan pequeña que no podía defenderte. Hasta que un día después de la golpiza te dejó sangrando en el piso inconsciente. ¡No despertabas mamá! Pensé que estabas muerta, grité, te sacudí y apenas abriste los ojos. Un hilo de sangre manaba de tus labios y un torrente por la cabeza. El cobarde de mi padre salió corriendo de la casa pensando que te había asesinado. Te cuidé lo mejor que pude mamá, para que tus heridas y laceraciones en el cuerpo curaran lo más pronto posible. Tu corazón quedó hecho añicos, lo hemos ido reconstruyendo poco a poco, solo que no hemos encontrado todas las piezas. Desde que él se fue iniciamos una nueva vida.

Insistías que yo estudiara, con la finalidad poseer todas las herramientas necesarias para poder enfrentar la vida con menos dificultades que tú. Debía vivir con dignidad y orgullo. Siempre me recordabas que nunca olvidara lo mucho que valía, que jamás me dejara maltratar por nadie. 

Cuando inicié la secundaria tenía decidido qué estudiar. Sería sicóloga para ayudar a las mujeres maltratadas, a todas aquellas que son golpeadas y menospreciadas por el hombre, por el simple hecho de ser mujeres. 

¡Eramos felices! Cada día podíamos despojarnos de una dosis de maltrato. Encontrábamos con alegría algún pedacito de tu roto corazón, que ya estábamos reconstruyendo. Una tarde para no interrumpir tu único día de descanso fui sola a la papelería.

Al llegar a la esquina sólo sentí un jalón, en cuestión de segundos ya estaba arriba de una camioneta. Alguien con fuerza y extrema violencia me aventó a la parte trasera del vehículo después de haberme pegado en la cabeza. Quedé aturdida. Aceleró y mientras manejaba seguía golpeándome. Hasta que llegamos aquí, a un terreno solitario. No sé en dónde me encuentro…

Cierro mis ojos, ya no puedo gritar, estoy vencida. Me ha tapado la boca con la mano, me ha golpeado tanto que apenas puedo respirar. A gritos te llamo mamá, pero nadie podrá escucharme, mis desesperados sollozos son silenciados con un trozo de tela que puso dentro de mi boca. Ya no tengo que cerrar los ojos, porque mis calcetas lo hacen por mí. Ha arrancado todas mis prendas. Estoy totalmente inmovilizada, me ató las manos. Su peso me sofoca, impide moverme, es un hombre corpulento, fuerte. Mi terror y su furia han debilitado mi frágil cuerpo que se azota con violencia contra las piedras como si fuese una muñeca de trapo mientras este monstruo sacia su odio y saña. Se detiene y se sienta encima de mí. Pone sus gruesas manos alrededor de mi cuello, retira la venda de mis ojos, puedo ver los suyos que casi salen de sus órbitas, su rostro enrojecido está marcado por venas, las de su cuello son más gruesas, puedo imaginar la maligna sangre que corre por ellas y mientras miro, empieza a oprimir con más fuerza, apretando los dientes, descargando su odio, gotas de su asqueroso sudor caen en mi rostro, no puedo respirar, me ahoga hasta que pierdo el sentido, me resisto hasta que agotada penetro en un túnel negro, me pierdo en la oscuridad, no veo ninguna salida, ni un solo sesgo de luz. 

Ya no tengo miedo, porque te veo desde aquí arriba mamá, me aferro de tu mano aún sin tenerte. Poco faltaba para que cumpliera quince años y ese día sin querer, sin imaginar siquiera cerré a mis ojos a destiempo.

Sé con profunda tristeza que jamás volveré a ver los tuyos mamá, me duele saber que no te perdonarás jamás haberme dejado ir sola a la papelería, que no cesarás de buscarme hasta encontrarme, pero me encuentro tan lejos, que nunca darás conmigo. Ya no te veré, mamá. He cerrado mis ojos para siempre…

Cada dos horas y media, una mujer es asesinada. Por el simple hecho de ser mujer. Por carecer de derecho alguno ante los ojos de muchos hombres. Son ultimadas de la manera más atroz por la desgracia de haber nacido en un país machista carente de justicia, en el que todo crimen se desvanece y desaparece con total indiferencia y prontitud en la infinidad de investigaciones mal elaboradas. Son asesinadas porque transitaban en un país en el que sus vidas no valen nada. Porque nacieron en un lugar en el que no hay consecuencias, si alguien por el odio que siente hacia ellas decide atacarlas y extinguir su vida, sin importar la edad que tenga, no pasa nada. Los feminicidios van en aumento debido a la complicidad de las autoridades con los criminales y la consabida impunidad que les da la oportunidad para seguir abusando y asesinando sin consecuencia alguna.

En México, diariamente son asesinadas nueve mujeres denunció la ONU Mujeres. El organismo internacional exigió al país a garantizar los derechos de la población femenina. Derechos que se han ido extinguiendo que se han evaporado con rapidez a través de los años.

Seis de cada diez mujeres han sido víctimas de algún episodio violento a lo largo de su vida. El feminicidio es la representación más extrema de la violencia contra las mujeres. El odio irracional ha incrementado. Son víctimas de todo tipo de agresión, desde el acoso en las calles o en el transporte público, hasta ser secuestradas para luego ser violadas y asesinadas. Después son encontradas en terrenos baldíos o flotando en ríos, y la “autoridad” solo se dedica con frialdad, a archivar sus nombres y por ende su vida en las interminables carpetas del olvido.

Existen causas para catalogar un homicidio como feminicidio: que haya sido víctima de abuso sexual, que el cuerpo haya sufrido lesiones o mutilaciones, que la mujer haya sido víctima con anterioridad cualquier tipo de abuso ya sea en el ámbito familiar, familiar o escolar, que entre la occisa y el agresor haya existido una relación sentimental, afectiva o de confianza, que haya sido amenazada previamente, que haya sido incomunicada, que el cuerpo sin vida sea expuesto en un lugar público.

Los estados que han registrado más casos de feminicidios son el Estado de México, Veracruz, Nuevo León, Chihuahua, Sonora y la Ciudad de México.

Desgraciadamente no hay cifras oficiales, pero es escalofriante saber que cada dos horas una niña, una adolescente o una mujer madura, es brutalmente asesinada. Hagamos algo como sociedad unamos fuerzas y dejemos a un lado la terrible indiferencia…

La tristeza en los escombros del corazón…

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Cuando le daba de comer a mi papá platicábamos de todo, sólo que esta vez, nuestra conversación fue distinta. Mi papá recordaba con tristeza el lugar exacto en el que se encontraba cuando lo sorprendió el terremoto de 1985. “Hoy se cumplen 36 años”, dijo mi padre sentado ahora, en su silla de ruedas. Con la mirada perdida, mirando tal vez dentro de su alma y reviviendo negros y bellos recuerdos, suspiró hondo mientras lágrimas tristes mojaban su ahora surcado rostro. Pocas palabras podía articular, en sus labios se reflejaba un ligero temblor, frases entrecortadas pronunciaba, la emoción lo embargaba. “Yo acababa de llegar al trabajo. Estaba sentado frente a mi restirador cuando escuché que las lámparas metálicas del taller de impresión comenzaron a estrellarse unas con otras; parecía un llamado a misa y en realidad aunque yo sin saberlo fue para muchos, un llamado a la muerte…”

“¡Está temblando! pensé. Bajé las escaleras y salí con calma de la oficina y lo primero que vi en la acera de enfrente fue a Aurelio el velador que estaba arrodillado junto a un poste rezando a gritos quién sabe qué oración a la que con fruición me uní. El sismo fue tan largo, que pensé no terminaría nunca… Cuando al fin el movimiento cedió entré a mi oficina e intenté llamar a tu mamá. El teléfono estaba muerto, la luz también. Todo era silencio, parecía que la tierra se lo había tragado todo, que sólo había quedado yo. Sentí un gran vacío. Jamás imaginé que la ciudad se había colapsado…”

“Al salir a la avenida principal me subí a un camión; no sé qué cara habría tenido, que el chofer ni siquiera me cobró. En el autobús la gente sollozaba, los que se encontraban sentados tenían las manos temblorosas aferradas a los asientos mientras miraban a todas partes a pesar de que no avanzábamos casi nada. Al cabo de unos minutos me bajé y comencé a correr a toda prisa, desesperado en busca de tu madre. No sé cuántas horas corrí, mientras impactado veía y vivía la destrucción, la desolación. Escuchaba y me estremecían los gritos desoladores. Cuando finalmente llegué a casa, vi a tu mamá parada entre los vecinos organizándose para poder ayudar y darles algo de tomar a los rescatistas. Le di un fuerte abrazo, la miré mil veces, acaricié su bello rostro, pensaba que no la volvería a ver nunca…”

“Ese terremoto fue tan violento que miles de personas perdieron la vida y otras por su natural violencia les destruyó su casa y sepultó para siempre todas sus pertenencias. Tuvieron que refugiarse en tiendas de campaña; el gobierno, les decía que pronto solucionaría su situación y que les proporcionaría vivienda. Esas familias, hija, vivieron años bajo esas lonas de colores, mismos que el tiempo inclemente fue destiñendo; su pálida delgadez permitía que se filtrara la tristeza, la decepción, el abandono y se anidara en el corazón de cada persona que ahí, con apenas lo necesario habitaba”.

“De todas partes del mundo llegó ayuda, manos de todos los colores se mezclaron, se unieron fuertes, decididas para sacar escombros y poder salvar vidas. Fue impresionante la solidaridad, muy triste las pérdidas, inolvidable la tristeza”.“Algunos años después tu mamá y yo nos mudamos aquí al Multifamiliar Tlalpan”. “Nunca me cansaré de oír tu historia papá, nunca. Hace falta mi mamá, sus relatos eran tan vivos, ¡cómo la extraño!”. Tomé, como muchas veces su fotografía y la puse en las manos de mi padre… “Yo también la extraño” dijo mientras con sus manos todavía suaves acariciaba su rostro a través del cristal. 

Le di un fuerte abrazo y salí nuestro departamento en el edificio 1-C. Mi papá no pudo salir cuando inició el sismo, murió quedando atrapado entre los escombros. Cuando por fin lo sacaron, aún tenía en sus manos la foto de mi madre. No sé qué habrá rezado, lo que sí sé es que teniendo la imagen de mi madre en sus manos, lo colmó de seguridad y paz. Supo que iría hacia ella, sé que lo supo…

Hoy, dos años después, el silencio reina en el Multifamiliar Tlalpan. El silencio se apoderó del lugar durante el simulacro. Dos años de espera y los edificios siguen vacíos, el alma de muchos que ahí habitaron flotan silenciosas, tristes, entre ellas, la de mi papá. 

¿Qué hicieron con los millones de pesos que fueron donados para la reconstrucción? ¿Qué hizo el entonces jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera con el dinero? Han pasado dos años y muchas personas siguen sin casa.

Setecientos treinta días han tardado en la reconstrucción de esta unidad habitacional que fue inaugurada en el año de 1957, mismo año en el que un movimiento telúrico derrumbó el Ángel. Dos años sin saber en qué se utilizó el dinero, sin que haya investigaciones. Miles de familias gracias al abuso y la corrupción siguen esperando en cualquier lado, menos en su hogar.

El 14 de julio Claudia Sheinbaum jefa de Gobierno de la CDMX dijo que el 7 de enero la reconstrucción del edificio 1 C deberá ser concluida. 

¿Será?