Categoría: Literatura

En el horizonte…

A final de cuentas aquellos a quienes te entregas sin medida son los primeros que te olvidan. Los que crees que deben quererte, son los que más te humillan.

Con el tiempo, te pierdes en sus vidas, olvidan que alguna vez fuiste importante, tal vez indispensable…

Sigues formado parte de su vida, ni duda cabe, pero te vas tornando invisible; hasta que te desvaneces y te olvidan…

Te vas quedando solo, levantándote a veces con optimismo y otras, perdido en un mar de pesimismo, que te lleva a la tristeza aceptando con dolor, el olvido…

Las olas necias te jalan, quieren atraparte, tenerte ahí y sacudirte, para que te des cuenta de que no eres necesario, que jamás fuiste indispensable…

Cuesta trabajo salir, quitarte la arena sin lastimarte, que necia está adherida a tu piel, cada grano es una pena…

Quieres llorar la sal, pero en realidad es la tristeza la que empaña tus ojos, cada gota que se pierde en el mar, es un alivio…

Difícil es recuperarte, pero a pesar de todo, tienes la fuerza y miras el horizonte; decides que es allá donde quieres ir… así, como viniste al mundo; solo y en paz y quedarte ahí para siempre…

El cielo inalcanzable…

El día que fui por ti y te tomé entre mis brazos, me impresionó la finura de tu cuerpo, tu ligereza, lo pequeñita que eras. Mientras nos dirigíamos al que sería tu hogar temporal, llorabas… No sabía si era porque extrañabas tu morada ya, o porque no estabas acostumbrada a viajar en coche. Te pedía que no lloraras, diciéndote que con nosotros estarías muy bien. Te acostaste resignada sobre mi regazo, mientras manejaba percibí el calor que tu menudo cuerpo desprendía; fue una calidez tan grata e intensa que traspasó mis poros llegó hasta mi alma y se incrustó en ella. Acaricié con dulzura tu abundante y rizado pelo. En ese instante, sentí un gran amor por ti…

Tardaste casi nada en olvidar tu antigua casa. Desde el primer día ya te habías adueñado de mi corazón. Tú, acogiste el mío, no te importó que estuviera triste, cuarteado, casi roto. Olvidaste que apenas me conocías. A pesar de todo empezaste a quererme. Tu mirada dulce me lo decía…

Por tu evidente necesidad de caricias y atención supe que allá en donde vivías no tenías suficiente amor. Sabía que pasabas sola largos periodos en aquella casa; de que deambulabas por diferentes hogares porque tus dueños salían con frecuencia de viaje. Te dejaban sin que les importara tu sentir; ibas y venías…

Se acercaba el día para que vinieran por ti. Me sentía triste y ansiosa por tener que separarme de ti, estábamos tan conectadas… pero no llamaron. Para mí, para nosotras, para todos, un día más juntos, era un privilegio…

Después de cuatro meses nos dijeron que podías quedarte con nosotros para siempre. Ya nunca vinieron por ti. Se olvidaron de ti. Se deshicieron de ti. Sentí una gran indignación, pero a la vez una inmensa alegría se apoderó de mí porque te quedarías para siempre con nosotros. ¡Qué regalo más divino! Mis hijos y yo te consentimos mucho Bonnie, lo más que pudimos, hasta el límite de lo que un ser humano es capaz. Porque nuestro amor jamás se podrá comparar con lo que tú nos diste; es increíble que en un cuerpo tan pequeño como el tuyo haya cabido tanto y fuese capaz de enseñarnos toda clase de sentimientos. Tus entrañas no daban cabida al odio, a la envidia, al rencor, al resentimiento, no, no conociste nada de eso, tu corazón era bueno, limpio y puro, por tus arterias sólo circulaban la bondad y la lealtad, el agradecimiento, sentimientos que nunca dejaron de circular por tus venas. Tu corazón no era como el de muchos humanos que los tenemos atiborrados de sentimientos negativos, de rencores y quimeras que los hacen duros e insensibles. Por nuestras venas ya no corre la gratitud, la empatía, el respeto, el amor, la lealtad. Si los humanos tuviésemos los sentimientos que ustedes poseen este mundo sería otro…

Tu compañía me dio felicidad y seguridad, sobre todo en aquellas noches en las que me encontraba sola en casa. Tu presencia, tu mirada dulce y noble, siempre me tranquilizó. Tu amor sin medida, era un tratamiento efectivo para aliviar cualquier dolor del alma, para desaparecer y matar la más terrible y arraigada soledad…

El tiempo pasa tan rápido Bonnie, nos empezamos a hacer viejas, desgraciadamente tu reloj cronológico iba más a prisa que el mío. Empezaron a surgir tus dolencias, y las mías también. Cuando me sentía mal, siempre estuviste a mi lado… presentías, lo intuías, no sé cómo, pero lo sabías y te recostabas junto a mí, pegando por entero tu cuerpo al mío para estar al pendiente de cada uno de mis movimientos por si te quedabas dormida. Era necesidad tuya sentirme a tu lado, y mía, el de tenerte cerca para sentir tu amor y calor. Si me movía un poquito y dejabas de percibirme, te deslizabas hacia mí, apenas sin moverte, solo para asegurarte de que fuera a donde fuera, no me iría sin ti. No importaba tu cansancio, ni tu flojera, ni tus años, siempre querías estar junto a mí… 

El tiempo traicionero empezó a menguar tus sentidos requerías de mi ayuda para bajar y subir las escaleras. Los años estaban haciendo mella en ti Bonnie, pero sólo en tu pequeño cuerpo, en tus articulaciones; los años te arrebataron agilidad, pero dejaron intacto tu corazón, que a pesar del tiempo, siguió con la fuerza para quererme aún más. 

Empezaste a perder la visión y la audición. A pesar de ello, vivías feliz, tranquila. Yo estaba ahí para ti. Se nos fueron acumulando los años Bonnie, pero en ti se notaron más,  dormitabas con más frecuencia, caías en un sueño tan profundo que si yo no te despertaba para que me acompañaras a la cocina, ahí te quedabas perdida durmiendo en tu cama justo debajo de la ventana a través de la cual, el bondadoso sol te bañaba con su calor.

Todo el tiempo, gustosa, estuve al pendiente de ti. La casa tenía que permanecer encendida para que no te perdieras en esa injusta oscuridad a la que tus ojos te obligaron a estar. Mis ojos se convirtieron en los tuyos, mis brazos en tus patitas… 

En los últimos meses tu decadencia fue más evidente. Siempre estabas buscándome, podías pasar junto a mí sin verme, tristemente fui testigo de que tus sentidos fueron perdiendo agudeza. Bonnie, créeme que te cuidé lo mejor que pude, perdona mis múltiples fallas… sé que erré en algunas circunstancias, no pude, por más que quise, ser perfecta en el amor como lo fuiste tú.

Quisiera que fuese un sueño, pero es una terrible realidad, te has ido…

Te extraño profundamente, a pesar de que me han dicho que el día que yo parta nos encontraremos, en realidad no creo tener la dicha de tener cabida en tu cielo, porque es inalcanzable…

¿Por qué?

Quisiera penetrar en tu cuerpo; ser tú y así poder contemplarme a través de tus bellos ojos azules por tan solo un instante… para saber qué sientes al ver mi cabello, mis ojos cafés, mi piel… Quiero percibir tu sentir cuando escuchas mi voz.

Deseo cerrar tus ojos para ver el recuerdo que tienes de mí cuando era pequeña. Saber qué sientes al ver que tus sueños y anhelos jamás podría yo cumplirlos. Por rehusarme a usar faldas floreadas y blusas con olanes. Por querer ser futbolista. Quiero sentir tu frustración cuando me negué a las pasarelas. Deseo vivir tu coraje al ver que yo jamás sería como tú; que nunca sería actriz ni modelo. Vivir tu frustración al comprobar que no había heredado tu feminidad. Quiero poseer tu alma, adueñarme de ella y de tu corazón por solo tan solo unos segundos para saber lo que realmente sientes por mí. Entender porqué no me has perdonado… ¿De qué? ¡No lo sé! Pero aún así quiero comprender y aceptar con dolor, pero con razón, tu rechazo.

No sé cómo hacerle para que me quieras. Para alegrar tu vida aunque sea por momentos cortos. No sé qué hice para que tu indiferencia sea cada vez mayor. No has dejado un resquicio siquiera por el cual pueda filtrar pequeñas y discretas dosis de cariño y devoción aunque sea. Has cerrado todo… Cada vena, cada arteria, todas las válvulas. Tu corazón es inmune a mí. 

Aquellos brazos que calmaron mis terrores de niña me fueron soltando y ahora en vez de acercarme me empujan, me rechazan con desprecio y mientras más lejos esté de ti, mejor… Me siento insegura todo el tiempo. He luchado y hecho todo lo posible por derrumbar con atenciones y caricias ese frío y sólido muro de hielo que has construido y que crees invisible… no necesito verlo, no es necesario que disimules, ahí está y creo que jamás podré atravesarlo para poder estar contigo sin que nos digamos nada; que el silencio hable y perdone.

Lo has construido con resentimiento, rencor y menosprecio. Mis lágrimas tibias han sido incapaces de ablandarlo. Es cada vez es más firme, más ancho e inquebrantable. 

Cierro mis ojos, trato de despojarme de este dolor. Consigo hacerlo por algunos días y después vuelve más intenso, no puedo arrancarlo quiero matarlo, ¡no puedo! Sé que al final de mis días se irá conmigo, adherido a mi piel, sin lograr jamás comprender:

¿Por qué, mamá? ¿Por qué no me quieres?