El cielo inalcanzable…

El día que fui por ti y te tomé entre mis brazos, me impresionó la finura de tu cuerpo, tu ligereza, lo pequeñita que eras. Mientras nos dirigíamos al que sería tu hogar temporal, llorabas… No sabía si era porque extrañabas tu morada ya, o porque no estabas acostumbrada a viajar en coche. Te pedía que no lloraras, diciéndote que con nosotros estarías muy bien. Te acostaste resignada sobre mi regazo, mientras manejaba percibí el calor que tu menudo cuerpo desprendía; fue una calidez tan grata e intensa que traspasó mis poros llegó hasta mi alma y se incrustó en ella. Acaricié con dulzura tu abundante y rizado pelo. En ese instante, sentí un gran amor por ti…

Tardaste casi nada en olvidar tu antigua casa. Desde el primer día ya te habías adueñado de mi corazón. Tú, acogiste el mío, no te importó que estuviera triste, cuarteado, casi roto. Olvidaste que apenas me conocías. A pesar de todo empezaste a quererme. Tu mirada dulce me lo decía…

Por tu evidente necesidad de caricias y atención supe que allá en donde vivías no tenías suficiente amor. Sabía que pasabas sola largos periodos en aquella casa; de que deambulabas por diferentes hogares porque tus dueños salían con frecuencia de viaje. Te dejaban sin que les importara tu sentir; ibas y venías…

Se acercaba el día para que vinieran por ti. Me sentía triste y ansiosa por tener que separarme de ti, estábamos tan conectadas… pero no llamaron. Para mí, para nosotras, para todos, un día más juntos, era un privilegio…

Después de cuatro meses nos dijeron que podías quedarte con nosotros para siempre. Ya nunca vinieron por ti. Se olvidaron de ti. Se deshicieron de ti. Sentí una gran indignación, pero a la vez una inmensa alegría se apoderó de mí porque te quedarías para siempre con nosotros. ¡Qué regalo más divino! Mis hijos y yo te consentimos mucho Bonnie, lo más que pudimos, hasta el límite de lo que un ser humano es capaz. Porque nuestro amor jamás se podrá comparar con lo que tú nos diste; es increíble que en un cuerpo tan pequeño como el tuyo haya cabido tanto y fuese capaz de enseñarnos toda clase de sentimientos. Tus entrañas no daban cabida al odio, a la envidia, al rencor, al resentimiento, no, no conociste nada de eso, tu corazón era bueno, limpio y puro, por tus arterias sólo circulaban la bondad y la lealtad, el agradecimiento, sentimientos que nunca dejaron de circular por tus venas. Tu corazón no era como el de muchos humanos que los tenemos atiborrados de sentimientos negativos, de rencores y quimeras que los hacen duros e insensibles. Por nuestras venas ya no corre la gratitud, la empatía, el respeto, el amor, la lealtad. Si los humanos tuviésemos los sentimientos que ustedes poseen este mundo sería otro…

Tu compañía me dio felicidad y seguridad, sobre todo en aquellas noches en las que me encontraba sola en casa. Tu presencia, tu mirada dulce y noble, siempre me tranquilizó. Tu amor sin medida, era un tratamiento efectivo para aliviar cualquier dolor del alma, para desaparecer y matar la más terrible y arraigada soledad…

El tiempo pasa tan rápido Bonnie, nos empezamos a hacer viejas, desgraciadamente tu reloj cronológico iba más a prisa que el mío. Empezaron a surgir tus dolencias, y las mías también. Cuando me sentía mal, siempre estuviste a mi lado… presentías, lo intuías, no sé cómo, pero lo sabías y te recostabas junto a mí, pegando por entero tu cuerpo al mío para estar al pendiente de cada uno de mis movimientos por si te quedabas dormida. Era necesidad tuya sentirme a tu lado, y mía, el de tenerte cerca para sentir tu amor y calor. Si me movía un poquito y dejabas de percibirme, te deslizabas hacia mí, apenas sin moverte, solo para asegurarte de que fuera a donde fuera, no me iría sin ti. No importaba tu cansancio, ni tu flojera, ni tus años, siempre querías estar junto a mí… 

El tiempo traicionero empezó a menguar tus sentidos requerías de mi ayuda para bajar y subir las escaleras. Los años estaban haciendo mella en ti Bonnie, pero sólo en tu pequeño cuerpo, en tus articulaciones; los años te arrebataron agilidad, pero dejaron intacto tu corazón, que a pesar del tiempo, siguió con la fuerza para quererme aún más. 

Empezaste a perder la visión y la audición. A pesar de ello, vivías feliz, tranquila. Yo estaba ahí para ti. Se nos fueron acumulando los años Bonnie, pero en ti se notaron más,  dormitabas con más frecuencia, caías en un sueño tan profundo que si yo no te despertaba para que me acompañaras a la cocina, ahí te quedabas perdida durmiendo en tu cama justo debajo de la ventana a través de la cual, el bondadoso sol te bañaba con su calor.

Todo el tiempo, gustosa, estuve al pendiente de ti. La casa tenía que permanecer encendida para que no te perdieras en esa injusta oscuridad a la que tus ojos te obligaron a estar. Mis ojos se convirtieron en los tuyos, mis brazos en tus patitas… 

En los últimos meses tu decadencia fue más evidente. Siempre estabas buscándome, podías pasar junto a mí sin verme, tristemente fui testigo de que tus sentidos fueron perdiendo agudeza. Bonnie, créeme que te cuidé lo mejor que pude, perdona mis múltiples fallas… sé que erré en algunas circunstancias, no pude, por más que quise, ser perfecta en el amor como lo fuiste tú.

Quisiera que fuese un sueño, pero es una terrible realidad, te has ido…

Te extraño profundamente, a pesar de que me han dicho que el día que yo parta nos encontraremos, en realidad no creo tener la dicha de tener cabida en tu cielo, porque es inalcanzable…

4 respuestas a “El cielo inalcanzable…”

  1. Un lindo relato que seguramente todos los que amamos y hemos tenido como compañeros a estos seres maravillosos de 4 patitas nos llegó al corazón !!

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  2. No deje de llorar desde el principio de tu relato, es exactamente lo que nos paso con nuestra perrita Bombon, que da la casualidad que tambien era French. Gracias x compartir.
    Un abrazo.

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