Terror bajo la piel…

 

La miseria nos llevó ahí, a esa lejana colonia, perdida y solitaria. Mamá, vivías con disimulo el pánico que se apoderaba de ti cuando te bajabas del transporte y tenías que caminar esas escasas cuadras para llegar a nuestra casa. Cuando no estabas las horas pasaban con extrema lentitud, vivía la vida como en cámara lenta. Necesitabas tres horas de tu tiempo para llegar de tu trabajo. Al abrir la puerta tu cara reflejaba un extremo cansancio, pero al verme, tus labios dibujaban una tierna sonrisa. Siempre te esperaba ansiosa…

Estabas preocupada porque la delincuencia reinaba en el municipio y los policías lejos de proteger, eran cómplices. Recuerdo que cuando caminábamos por las destrozadas aceras, me tomabas fuertemente de la mano, sorteando hoyos llenos de agua nauseabunda, reíamos a la vez que acelerábamos el paso para meternos en la casa. Desde que mi papá se fue, el espacio en el que vivíamos se convirtió en un verdadero hogar. Las palizas que te daba a diario me daban pánico, no había donde esconderme, me tapaba fuertemente los oídos para no escuchar los golpes. Era yo tan pequeña que no podía defenderte. Hasta que un día después de la golpiza te dejó sangrando en el piso inconsciente. ¡No despertabas mamá! Pensé que estabas muerta, grité, te sacudí y apenas abriste los ojos. Un hilo de sangre manaba de tus labios y un torrente por la cabeza. El cobarde de mi padre salió corriendo de la casa pensando que te había asesinado. Te cuidé lo mejor que pude mamá, para que tus heridas y laceraciones en el cuerpo curaran lo más pronto posible. Tu corazón quedó hecho añicos, lo hemos ido reconstruyendo poco a poco, solo que no hemos encontrado todas las piezas. Desde que él se fue iniciamos una nueva vida.

Insistías que yo estudiara, con la finalidad poseer todas las herramientas necesarias para poder enfrentar la vida con menos dificultades que tú. Debía vivir con dignidad y orgullo. Siempre me recordabas que nunca olvidara lo mucho que valía, que jamás me dejara maltratar por nadie. 

Cuando inicié la secundaria tenía decidido qué estudiar. Sería sicóloga para ayudar a las mujeres maltratadas, a todas aquellas que son golpeadas y menospreciadas por el hombre, por el simple hecho de ser mujeres. 

¡Eramos felices! Cada día podíamos despojarnos de una dosis de maltrato. Encontrábamos con alegría algún pedacito de tu roto corazón, que ya estábamos reconstruyendo. Una tarde para no interrumpir tu único día de descanso fui sola a la papelería.

Al llegar a la esquina sólo sentí un jalón, en cuestión de segundos ya estaba arriba de una camioneta. Alguien con fuerza y extrema violencia me aventó a la parte trasera del vehículo después de haberme pegado en la cabeza. Quedé aturdida. Aceleró y mientras manejaba seguía golpeándome. Hasta que llegamos aquí, a un terreno solitario. No sé en dónde me encuentro…

Cierro mis ojos, ya no puedo gritar, estoy vencida. Me ha tapado la boca con la mano, me ha golpeado tanto que apenas puedo respirar. A gritos te llamo mamá, pero nadie podrá escucharme, mis desesperados sollozos son silenciados con un trozo de tela que puso dentro de mi boca. Ya no tengo que cerrar los ojos, porque mis calcetas lo hacen por mí. Ha arrancado todas mis prendas. Estoy totalmente inmovilizada, me ató las manos. Su peso me sofoca, impide moverme, es un hombre corpulento, fuerte. Mi terror y su furia han debilitado mi frágil cuerpo que se azota con violencia contra las piedras como si fuese una muñeca de trapo mientras este monstruo sacia su odio y saña. Se detiene y se sienta encima de mí. Pone sus gruesas manos alrededor de mi cuello, retira la venda de mis ojos, puedo ver los suyos que casi salen de sus órbitas, su rostro enrojecido está marcado por venas, las de su cuello son más gruesas, puedo imaginar la maligna sangre que corre por ellas y mientras miro, empieza a oprimir con más fuerza, apretando los dientes, descargando su odio, gotas de su asqueroso sudor caen en mi rostro, no puedo respirar, me ahoga hasta que pierdo el sentido, me resisto hasta que agotada penetro en un túnel negro, me pierdo en la oscuridad, no veo ninguna salida, ni un solo sesgo de luz. 

Ya no tengo miedo, porque te veo desde aquí arriba mamá, me aferro de tu mano aún sin tenerte. Poco faltaba para que cumpliera quince años y ese día sin querer, sin imaginar siquiera cerré a mis ojos a destiempo.

Sé con profunda tristeza que jamás volveré a ver los tuyos mamá, me duele saber que no te perdonarás jamás haberme dejado ir sola a la papelería, que no cesarás de buscarme hasta encontrarme, pero me encuentro tan lejos, que nunca darás conmigo. Ya no te veré, mamá. He cerrado mis ojos para siempre…

Cada dos horas y media, una mujer es asesinada. Por el simple hecho de ser mujer. Por carecer de derecho alguno ante los ojos de muchos hombres. Son ultimadas de la manera más atroz por la desgracia de haber nacido en un país machista carente de justicia, en el que todo crimen se desvanece y desaparece con total indiferencia y prontitud en la infinidad de investigaciones mal elaboradas. Son asesinadas porque transitaban en un país en el que sus vidas no valen nada. Porque nacieron en un lugar en el que no hay consecuencias, si alguien por el odio que siente hacia ellas decide atacarlas y extinguir su vida, sin importar la edad que tenga, no pasa nada. Los feminicidios van en aumento debido a la complicidad de las autoridades con los criminales y la consabida impunidad que les da la oportunidad para seguir abusando y asesinando sin consecuencia alguna.

En México, diariamente son asesinadas nueve mujeres denunció la ONU Mujeres. El organismo internacional exigió al país a garantizar los derechos de la población femenina. Derechos que se han ido extinguiendo que se han evaporado con rapidez a través de los años.

Seis de cada diez mujeres han sido víctimas de algún episodio violento a lo largo de su vida. El feminicidio es la representación más extrema de la violencia contra las mujeres. El odio irracional ha incrementado. Son víctimas de todo tipo de agresión, desde el acoso en las calles o en el transporte público, hasta ser secuestradas para luego ser violadas y asesinadas. Después son encontradas en terrenos baldíos o flotando en ríos, y la “autoridad” solo se dedica con frialdad, a archivar sus nombres y por ende su vida en las interminables carpetas del olvido.

Existen causas para catalogar un homicidio como feminicidio: que haya sido víctima de abuso sexual, que el cuerpo haya sufrido lesiones o mutilaciones, que la mujer haya sido víctima con anterioridad cualquier tipo de abuso ya sea en el ámbito familiar, familiar o escolar, que entre la occisa y el agresor haya existido una relación sentimental, afectiva o de confianza, que haya sido amenazada previamente, que haya sido incomunicada, que el cuerpo sin vida sea expuesto en un lugar público.

Los estados que han registrado más casos de feminicidios son el Estado de México, Veracruz, Nuevo León, Chihuahua, Sonora y la Ciudad de México.

Desgraciadamente no hay cifras oficiales, pero es escalofriante saber que cada dos horas una niña, una adolescente o una mujer madura, es brutalmente asesinada. Hagamos algo como sociedad unamos fuerzas y dejemos a un lado la terrible indiferencia…

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