Mi huésped…

Todos los miércoles el padre viene a verme. Rosa y yo emocionadas comenzamos con los preparativos desde el martes por la mañana. Me alegra mucho ver al padre Diego disfrutar de nuestros platillos y del vino francés que saco de la cava. Escogí ese día porque mi esposo no viene a comer, así podemos platicar los dos sin que nadie nos escuche y puedo confesarle todos mis pecados. Es un hombre íntegro entregado por completo a Dios. Desde que lo conocí, mi vida ha cambiado, el peso de mis íntimas faltas se aligeran cuando él atento las escucha tomando mi mano entre las suyas, mientras reza un padrenuestro. Estando con él siento la presencia de Dios.

Llega a la casa con su portafolio negro. Al sentarse a la mesa lo pone junto a su silla. Terminando de comer, lo abre, saca la Biblia y se toma unas pastillas. Dice que son para la diabetes. Enfermedad que puede matarlo en cualquier momento, dice. Cada vez que lo menciona, siento terror de perderlo. No sé qué haría sin él.

Después de comer, tomamos un digestivo mientras se toma otras pastillas, pero ésas no sé para qué son y no me atrevo a preguntar. Me preocupa porque sus manos tiemblan y se vuelven torpes. El ritmo de sus palabras cambia. Su amabilidad y dulzura se esfuman se vuelve un poco hosco y es cuando se dispone a partir, para entonces yo ya tengo el cheque en la mano, se lo entrego mientras él agradecido besa mi frente y me da la bendición.

Ahora viene varias veces a la semana y nuestras reuniones se prolongan cada vez más. Sus anécdotas son increíbles, dice que la legión ha crecido, que los donativos que les damos han permitido que jóvenes de todo el mundo que están entregados para amar a Jesucristo sean ahora novicios de la legión. Sus palabras me emocionan y quiero escuchar más, ahora que estamos más cómodos porque hace tiempo me dijo que conversáramos en la sala.

Se toma las pastillas que saca del mismo portafolio, se recarga en el sofá cerrando los ojos y sin soltar mi mano me regala caricias nuevas. Siento que un escalofrío desconocido recorre mi cuerpo. Existen pecados que no puedo confesar.

Después de meditar unos segundos, se reincorpora y me dice suavemente que debemos amar el Espíritu Divino de Nuestro Señor, quien es el dulcísimo huésped de nuestras almas, amigo de los pobres y consolador de los tristes. Sus palabras me consternan, porque él se ha convertido en el recipiente de mi alma, él es ahora mi huésped, no Dios. Cuando se incorpora para irse, le entrego el donativo, que cada vez, con inmenso gusto incremento.

La muerte de mi esposo me ha dejado un vacío, pero gracias a las visitas diarias del padre Diego el dolor mengua con rapidez. Sigo apoyándolo para que pueda terminar el proyecto. Me cuenta entusiasmado que la capilla del colegio está quedando hermosa, que será embellecida con pisos de mármol de Carrara, bancas de encino labradas por expertos artesanos, y que tendrá una costosísima cruz italiana que lleva la bendición del Papa Juan XX. Le pregunto que cuándo puedo ir a verla, me dice que hasta que la construcción esté culminada porque será una sorpresa, que esa pequeña casa de Dios se está construyendo gracias a mí.

Las cuentas bancarias de mi difunto esposo han mermado, después de tres años poco dinero queda. Me siento angustiada y enferma. El padre llega entusiasmado como de costumbre. Estoy convencida de que el padre sabrá entender mi situación y que ahora él estará para mí ya que es es mi aliado, mi confesor y amigo, el pilar de mi vida. Después de que ingiere sus pastillas y antes de que nos dispusiéramos a pasar a la sala, le comenté acerca de mi salud y mi situación económica. Le expliqué que por el momento ya no podría seguir aportando. El rostro amable se transformó de inmediato, su gestos dulces desaparecieron, sus rasgos se endurecieron debido al inmediato e incontrolable malestar; me dijo que no me preocupara pero que debía retirarse porque había olvidado que tenía que visitar a un sacerdote enfermo.

Al día siguiente lo esperé y no llegó. Así pasaron los días que se convirtieron en meses y el padre Diego no aparecía. La soledad me estaba matando, el padre se había llevado mi alma… Mi salud empeoraba, el dinero se había acabado y la única que me acompañaba era Rosa. Le pedí fuera por él, que le dijera que me estaba muriendo, que le imploraba que fuera para que me diera la última bendición. Ella fue a buscarlo diciéndole que yo estaba al borde de la muerte… Él le prometió que iría al día siguiente.

El padre Diego nunca volvió. Ahora visita con frecuencia a la viuda Carmita…

3 respuestas a “Mi huésped…”

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